La importancia de la congruencia

VictorMaldonado

Víctor Maldonado.- Una persona congruente vive de acuerdo con sus principios, y toma sus decisiones a la luz de los valores que asume como propios. No practica la impostura ni pierde tiempos en simular lo que no es. Los valores son guías para la acción, y una persona genuina trasluce la ética que practica. Con esas herramientas a la mano construye su proyecto de vida, y muy probablemente encontrará muchas razones para la felicidad. Los valores son hábitos del carácter y obligan a tomar decisiones entre lo que parece correcto y lo que no es. Sin reflexión ética no hay forma de resolver situaciones dilemáticas, simplemente porque daría lo mismo una opción que otra. Lo cierto es que no hay condición menos agradable que sentirse obligado a practicar la perversidad. Es lo que dicen que ocurre en organizaciones que, sin respetar la condición humana, imponen por la fuerza la ideología imperante, amenazando a cualquiera que sea disidente, con el cese del trabajo, e incluso cosas peores. Eso se vive en Venezuela con demasiada frecuencia, sobre todo en el sector público, que usa a sus funcionarios como parte de una maquinaria político-partidista, sin preguntar antes cuan alineados están con esos propósitos.

Por eso vale la pena hacer un refrescamiento del set de valores desde donde se pone a prueba la congruencia personal, y que también vale para las organizaciones.

Si crees en la libertad del ser humano, entonces debes respetar los espacios de los otros, y practicar la tolerancia. Se puede debatir sobre las ideas, pero nunca se debe denigrar a la persona. Las relaciones entre hombres libres dejan fuera cualquier expectativa de servidumbre o abuso.

Para poder realizar el proyecto de vida, cualquiera que sea, hace falta coraje, la fuerza de voluntad que permite imponerse ante las dificultades, mantener el curso de la acción con perseverancia, e insistir en lograr los resultados. La fortaleza siempre tendrá como gran tentación la debilidad, la procrastinación y las ganas de abandonarlo todo. No hay nada valioso que no tenga como precio la persistencia, el sacrificio, la inversión de tiempo, y por supuesto, el tener que optar por el camino correcto, a pesar de los costos que se imponen en el corto plazo.

En relación con los otros hay que practicar la asertividad. Las comunicaciones con los otros deben ser corteses, distendidas, directas y apropiadas. Concentrados en el tema y en la solución de los problemas, o en el feed-back, cuando es necesario darlo, pero sin una agresividad innecesaria. Ser positivos y propositivos, siempre produce mejores resultados.

Una sana relación con los otros también exige transparencia. O sea, que lo que piensas, lo dices, y lo que dices, lo haces. Eso si, sobre la base del respeto, la tolerancia y la debida consideración por los otros, así como bien fundamentados en los principios y valores que se practican. La imprudencia es el sobreuso de la transparencia. La sobriedad la resguarda.

La medida de una vida abundante en realizaciones es la productividad, entendida como la capacidad de crear valor, y el presupuesto fundamental del ejercicio de los derechos de propiedad. Nadie puede aspirar a vivir como el parásito de otros, o violentando el derecho de propiedad de los otros, que intentan ser productivos. Al respecto decía Ayn Rand que “si algún hombre intenta sobrevivir mediante la fuerza bruta o el fraude, saqueando, robando, engañando o esclavizando a otros que producen, sigue siendo cierto que su supervivencia sólo es posible por el esfuerzo realizado por sus víctimas, aquellos hombres que han elegido pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, les arrebatan. Tales saqueadores son parásitos incapaces de sobrevivir, que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes siguen el curso de acción propio del hombre”. Lo contrario a la meta de la productividad es, por tanto, el saqueo, que termina arruinando cualquier orden social.

Finalmente, nadie puede renunciar a la racionalidad. O sea, al intento de vincular medios con fines, a la valoración de cada uno de ellos, en relación con los otros, y la selección del que parece el mejor. Ser congruente es pensar siempre con la cabeza, sin dejar espacios a momentos de locura, o al éxtasis de los sentimientos. Nadie arrebatado por sus emociones es predecible.

En el libro de Jeremías hay algunas recomendaciones que pueden parecer apropiadas: Enderezar al bien todas nuestras acciones; administrar justicia entre los hombres; no hacer agravio al forastero, al huérfano y a la viuda; no derramar la sangre inocente; y no seguir los falsos ídolos que apuestan a la propia perversidad, y que te presionan para inclinarte hacia el mal. El que practique todo esto, vivirá en paz, y de acuerdo con Dios.

 

@vjmc

 

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