La tragedia de Macbeth

NoelAlvarez

Noel Álvarez.- En mis años de mozalbete, escuché a mi padre hablar sobre una obra de William Shakespeare, conocida como Macbeth.  Pasado el tiempo, la obra llegó a mis manos. Es una tragedia ambientada en la Escocia del siglo XI. Macbeth era un militar, noble de origen, que destacó en la batalla contra la invasión nórdica. La novela negra del escritor inglés dramatiza los dañinos efectos físicos y psicológicos de la ambición política, en aquellos que buscan el poder como un fin. Macbeth y su esposa representan la personificación de la ambición y el deseo de poder sin límites, que lleva a cometer cualquier crimen, y a traicionar amigos y personas a quienes deben lealtad.

La historia de Macbeth puede verse como una advertencia acerca de los peligros que entraña la ambición. La pretensión del poder es el rasgo principal del carácter de esta familia y la causa de su ruina. Ellos desconfían de los funcionarios más cercanos y del ejército británico que los tiene en la mira. Casi todo puede resumirse en esta expresión de Macbeth, que hoy rueda por estas calles: «Tal vez nada tenga sentido, tal vez solo somos frases sueltas en un murmullo eterno y caótico en que todos hablan y nadie escucha, y nuestra peor premonición resulta ser cierta: estamos solos. Completamente solos».

Aunque la obra, escrita en verso y en prosa, está plagada de excelentes diálogos y monólogos, hay una frase en particular que es citada continuamente por los políticos de nuestro tiempo, en su afán de minusvalorar los problemas sociales. Es una reflexión sobre el tiempo: “Esa engañosa palabra mañana, mañana, mañana, nos va llevando por días al sepulcro, y la falaz lumbre del ayer ilumina al necio hasta que cae en la fosa”.

Lord Macbeth es un noble escocés, valeroso general que gana la guerra contra el rey de Noruega y es condecorado. Pero después empieza a tener un cambio gradual en su carácter, pasando de buena persona a ser un tirano despiadado y cruel al que todos quieren traicionar. Macbeth es incitado por la primera combatiente para matar al rey, pero al principio se niega, sin embargo, cambia de opinión cuando su esposa lo tacha de cobarde. Asesina al rey mientras este duerme y su complejo de culpa le lleva a escuchar una voz que dice: «¡No durmáis más! Macbeth mata el sueño, el sueño inocente, el sueño que devana una maraña de desvelos…». Posteriormente, a través de falsos positivos, acusa del crimen a dos guardias, a quienes también asesina. 

Después del regicidio, Macbeth se convierte en rey de Escocia transformándose en un tirano. Reprime brutalmente cualquier amenaza real o imaginaria a su poder. Está convencido de que no puede redimirse, «Estoy tan inmerso en este vado de sangre, que, si no pudiera avanzar más, regresar sería tan tedioso como seguir adelante», dice. Macbeth contrata a dos asesinos para que maten a su amigo, el general Banquo y a su hijo Fleance, pero este último sobrevive.

Como, casi, todos los militares, Macbeth era creyente en la magia negra, como tal, recurrió nuevamente a las brujas que le habían pronosticado que sería nombrado rey. En esta oportunidad, ellas le garantizaron que «ningún hombre nacido de mujer» podría hacerle daño. Con estas palabras, Macbeth se creyó invencible, pero aun así decidió deshacerse del general Macduff, para lo cual, envió unos sicarios a eliminarlo, junto a toda su familia. El general se salvó y juró vengarse, pero su esposa, su hijo y todos los miembros de su casa, fueron asesinados. Finalmente, el sentimiento de culpa consumió a Lady Macbeth llevándola al suicidio. A partir de allí, Macbeth, completamente solo, porque su gente de confianza lo había abandonado, se lamenta de que la vida es «un cuento relatado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada».

Como dice el dicho, “los tiranos nunca mueren en su cama” y no siempre la realidad es como la pintan. Al final de la obra, Macbeth se enteró de que la segunda profecía de las brujas tenía unos significados ocultos. Mientras atacaba su fortaleza, Macduff reveló que a él lo sacaron prematuramente del seno de su madre, lo que técnicamente lo convertía en un hombre no «nacido de mujer». Vencido, pero aún desafiante, Macbeth declara: «¡En guardia, y que la maldición caiga sobre quien diga ‘basta’!». En el duelo, el general Macduff vence a Macbeth y le corta la cabeza.

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